La utilidad del enfoque eco-sistémico (II)

Los diferentes componentes de la intervención.

Como ya hemos señalado, la intervención social terapéutica es un conjunto de acciones destinadas a preparar las condiciones para establecer un proceso terapéutico de la familia maltratadora, que consta de las siguientes acciones:

1. La detección y manejo de la revelación:

Es posible sólo gracias a la acción de los adultos, que en el entorno del niño, muy a menudo en el entorno escolar, son capaces de establecer relación entre las marcas físicas y ciertos comportamientos que expresan un sufrimiento en el niño, pudiendo deberse a situaciones de maltrato. Estos adultos son capaces de ofrecer a los menores espacios de comunicación donde éstos puedan, al reconocerse como víctimas, denunciar su situación. 

Desarrollar en los adultos la capacidad de escuchar y apoyar a los menores que revelan los malos tratos de que son objeto, es una acción fundamental en toda organización que se proponga a ayudarles. Esto implica que todos los/as profesionales que pertenezcan al tejido no familiar del niño, sean capaces, a través de una formación pertinente, de reconocer los signos y síntomas que constituyen los indicadores directos e indirectos del maltrato infantil.

Manejar una revelación significa escuchar lo que el niño nos dice, o bien, interrogarlo en relación a nuestras inquietudes de una forma no sugestiva y respetuosa. Se trata de apoyarle ofreciéndole protección y al mismo tiempo una oferta de ayuda terapéutica para él y sobre todo para sus padres presuntos maltratadores. La escucha "no sugestiva" aparece como una necesidad fundamental, en la medida que los programas se desarrollan en colaboración con los sistemas judiciales. Puesto que la credibilidad del niño y la existencia de pruebas materiales son factores fundamentales en la acción de los Tribunales de Justicia, tanto para tomar medidas de protección como para procesar a los padres violentos, los/as profesionales nunca deben desestimar esta necesidad de una escucha no sugestiva. Es imperativo que los/as profesionales de los diferentes ámbitos organizados en una red tengan la capacidad de responder a las inquietudes del niño, abordando sus preocupaciones sobre lo que va a pasar con él y su familia, por el hecho de haber revelado la situación de maltrato. 

Junto con romper la dinámica de la indiferencia, transmitiendo al niño nuestro interés por lo que le pasa, es importante asegurarle que nuestra intervención no está destinada a dañar ni a él ni a su familia, sino sobre todo a crear condiciones para que cambie su situación de niño maltratado. En este sentido, el niño deberá ser informado rápidamente de que es necesario señalar su situación al organismo competente, ya sea social o judicial, responsable de su protección.

2. La Notificación o el Señalamiento

A diferencia del proceso relacional del manejo de la revelación, el señalamiento o la notificación es un acto que consiste en trasladar el problema que afecta al niño del dominio privado al dominio social. Los/as profesionales que acogen el señalamiento de niños maltratados pertenecen habitualmente a un organismo, ya sea social o judicial, instaurado por la sociedad para garantizar la protección y ayuda a los menores que lo necesitan. A partir de nuestra práctica en los equipos S.O.S Enfants- Famille, hemos desarrollado un modelo de manejo de señalamiento que consiste en dos procedimientos: análisis del contexto y de la demanda de la denuncia, y el proceso de validación.

a) Análisis del contexto y del contenido de la demanda en el señalamiento:

Cada vez que se realiza un señalamiento a la autoridad competente tenemos que considerar que éste implica informaciones a diferentes niveles; el análisis de estos diferentes niveles corresponde a lo que llamamos “análisis del contexto del señalamiento”. Por un lado, debemos considerar que todo gesto de señalamiento de una situación de maltrato expresa en primer lugar un carácter solidario y altruista del señalador. Por otro lado, no se debe olvidar que este señalamiento es una información sobre el carácter conflictivo de la situación en la cual se encuentra este señalador, esto puede ser expresión de sus propias angustias o de sus inquietudes en relación a las consecuencias que su gesto puede tener para él o ella, ya sea en el sentido de verse implicado en un procedimiento judicial donde no quiere participar, o bien ser el objeto de represalias por parte de los miembros adultos de la familia señalada. Esto explica la importancia que hemos dado en nuestro programa, a sostener y reconocer el gesto de aquél o de aquella que señala, pero al mismo tiempo de analizar con él o ella el contexto en el cual emerge este señalamiento, así como los riesgos visualizados por este señalador. Es de especial interés además analizar el contenido implícito y explícito de la demanda del señalador, en la medida que muchas veces éste de una forma implícita tiene también una proposición sobre la forma de cómo ayudar al menor y/o intereses en la situación. Por ejemplo, el señalador (a) puede estar en conflicto, ya sea con la persona señalada directamente como maltratadora y/o con el conjunto de la familia a la cual pertenece el menor.

Es importante considerar que el significado de un señalamiento depende del contexto en el cual éste se produce, así como de la persona que lo realiza. Por ejemplo, la dinámica de una madre en proceso de divorcio, señalando que su hijita le ha revelado un abuso sexual por parte de su ex-marido, con quien ella se encuentra en una situación de conflicto intenso por la custodia de la niña, es totalmente diferente al señalamiento de un profesor a quien un niño ha podido confiarle el contenido de su drama a partir de la confianza establecida con él. En estas dos situaciones, el manejo del señalamiento será totalmente diferente y el enfoque de ayuda dirigida al menor deberá tomar en cuenta esta diferencia de contexto. Es responsabilidad de los/as profesionales que trabajan en las instancias sociales examinar a través de una pauta de validación, los elementos que permitan confirmar la situación de maltrato, independientemente de la subjetividad y del clima emocional impuesto por el señalador.

b) El proceso de validación:

El proceso de validación consiste en establecer un procedimiento destinado a confirmar o informar el contenido de un señalamiento. No se trata de realizar un diagnóstico objetivo; a menudo en nuestros programas utilizamos el término de “convicción” para insistir sobre el hecho de que en la mayoría de las situaciones de maltrato, salvo el maltrato físico donde las marcas son evidentes, es imposible " objetivar" la existencia de malos tratos. La convicción es el resultado de lo que hemos llamado un proceso "subjetivamente científico" que se basa en el compromiso ético de los/as profesionales y en el análisis de los datos recogidos en el marco de una dinámica multidisciplinar.

La validación es un procedimiento destinado a:

* Afirmar la existencia de malos tratos, determinando su naturaleza.

* Determinar los factores de gravedad, que dependen del contenido de los malos tratos, del grado de daño sobre el niño así como de los riesgos de reincidencia. Todo esto servirá para determinar el grado de urgencia de intervención.

* Evaluar los aspectos disfuncionales de la dinámica familiar, sus recursos, así como su plasticidad estructural para determinar su posibilidad de cambio.

* Determinar el mapa de la red de instituciones y profesionales que se ocupan de la familia como de la red social informal.

* Proponer las medidas de protección del niño y la ayuda terapéutica más adecuada considerando al niño y su familia.

Parte importante de este procedimiento de validación descansa en la capacidad del profesional de poder realizar una entrevista de investigación no sugestiva, para permitir al niño de comunicar el contenido de su drama al cual puede estar sometido.

 

Las entrevistas de investigación

Las entrevistas con los/as niños/as se insertan en un proceso donde son necesarias numerosas sesiones. El profesional deberá resistir a las presiones de todo tipo para respetar el ritmo del niño tomando el tiempo que sea necesario. El niño tiene que ser recibido en un medio neutro, solo o acompañado de un adulto de confianza, sintiéndose todo el tiempo apoyado. La desdramatización es importante así como la transmisión de mensajes que le inspiren seguridad; mensajes como "Aquí recibimos a menudo a otros niños que han vivido lo mismo que tú y que tienen la misma dificultad para contarnos lo difícil de su situación...", ayudan al niño a que deposite la confianza en el adulto responsable de las entrevistas. El profesional siempre tendrá presente la necesidad de colocarse en el lugar del niño adaptando su vocabulario a su realidad así como su percepción del tiempo, tratando de disminuir su ansiedad en cada momento.

El desencadenamiento y el manejo de la crisis familiar.

La confrontación de los padres presuntamente maltratadores con los resultados del proceso de validación, introduce una perturbación importante en el equilibrio de la familia. Es en este momento donde se expresa la disponibilidad de la familia a ser ayudada. La crisis familiar desencadenada por la intervención de los/as profesionales debe mantenerse mientras sea necesario para el quebrantamiento del funcionamiento violento y abusivo de los adultos de la familia. Mantener la crisis impide toda reestructuración familiar alrededor de la descalificación del discurso de la víctima o la negación de los hechos. Para obtener un resultado positivo de esta situación de crisis, hay que respetar una sucesión de etapas. Así, el resultado de la validación debe ser expuesto en un clima de firmeza y de respeto para las reacciones defensivas de la familia. 

Para ilustrar este diálogo confrontante con los padres, vamos a presentar el caso de una niña pequeña de 8 meses, hospitalizada en el Servicio de Pediatría en estado inconsciente con fractura de cráneo y al mismo tiempo desprendimiento de las partes superiores de los húmeros de los dos brazos:

Profesional: Todo lo que nosotros sabemos es que Uds. trajeron a su hijita en un estado de inconsciencia, con una fractura de cráneo y una doble fractura de los bracitos que es el resultado seguramente de una situación de descontrol, como si alguien la hubiera tomado por los brazos y lanzado lejos. El resto son ustedes quienes lo saben. Pero para poder ayudar a su hijita y a ustedes es necesario saber la verdad.

Padres:"¿Cómo? Yo no sé nada, yo no sé nada. Estábamos lavándola en el lavabo, no me acuerdo lo que pasó. Seguramente debió golpearse la cabecita en el lavabo, suponemos. Yo no sé muy bien lo que sucedió. La encontramos rara, lo único que recuerdo es haberle dado una palmada en el trasero, es lo más probable, ¡Sí, yo creo que le di una palmada, no me acuerdo!

Profesional: Lo más probable es que Ud. estaba tan enojado en ese momento que no se acuerda de lo que hizo.

Padre: ¿Qué es lo que quiere decir con eso? Nosotros no le hicimos nada a nuestra hija..

Profesional: Ud. estaba tan enojado, ella estaba llorando, Uds. no sabían que hacer y seguramente perdieron la cabeza.

Padre: Ya le he dicho, ya le he repetido mil veces , yo no he martirizado a mi hija, yo no soy ningún loco, no soy ningún sádico.

Profesional: Su hija recibió golpes y eso no paso así sin más.

Padre: Nosotros lo que queremos es que nos devuelvan a nuestra hija.

Profesionales: No es posible, para proteger a vuestra hija ella debe quedarse en el Hospital el tiempo que sea necesario y esto además es para protegerles también a Uds. Vamos a poner la situación en conocimiento del Juez de Menores para organizar con ellos la manera de ayudar mejor a su hija y para poder ayudarles. Estamos convencidos que de esta manera también los protegemos, porque se trata de su hija. Si Uds. hicieron esto es probable que fuera porque vivieron experiencias similares cuando fueron niños y seguramente nadie los protegió. Protegiendo a hija nosotros estamos dándole la ayuda que nadie les dio a ustedes en el pasado.

La constitución de una red de profesionales que funcione a largo plazo alrededor de cada familia que produce maltrato infantil, deberá crear una dinámica solidaria entre los/as profesionales y la familia; a este proceso le hemos llamado“Tribalización”. La red de profesionales deberá no solamente intercambiar sus competencias en términos de cuidado hacia la víctima y su familia, sino también asegurar la protección de las víctimas, confrontando a los responsables de esta violencia ante la ley a través de la concertación con sistemas judiciales y/o con las autoridades sociales responsables de la protección de los/as niños/as y motivando a los padres a participar en los procesos terapéuticos. Es necesario movilizar de una forma constructiva la red psicosocial afectiva del niño y la familia, es decir, a aquellas personas o sistemas informales que existen en la comunidad de pertenencia de la familia así como a los diferentes miembros de la familia ensanchada. He aquí un ejemplo concreto: 

"La pequeña "M" de 7 años, de origen africano, menor de una familia de 4 niños, había sido señalada en diferentes ocasiones por la enfermera escolar y por los profesores, por presentar marcas de correazos en su cuerpo. Como consecuencia del último señalamiento, la enfermera decide contactarse con nuestro programa. La validación realizada por profesionales de nuestro equipo permitió establecer que la niña había sido maltratada por su padre en el cuadro de una dinámica educativa. La menor presentaba además trastornos de comportamiento desde que su padre se había vuelto a casar, debido a la muerte de la madre, después de tres años de enviudar. Después de haber hablado y llegar a acuerdos con un conjunto de profesionales que conocían la familia, decidimos convocar al padre y a la madrastra a una reunión para discutir las dificultades de la pequeña "M". Al mismo tiempo, pedimos al padre que invitara a todos los miembros de la familia que podrían ayudarnos en todo lo relacionado con sus dificultades familiares y con su hija. El día de la reunión, asistieron 17 miembros de la familia, lo que sobrepasó nuestras expectativas. Tuvimos que buscar sillas para todo el mundo. El desarrollo de la reunión fue muy constructivo, pues nos permitió comprender mejor las dificultades familiares relacionadas no solamente con la muerte de la madre de los/as niños/as y el nuevo matrimonio del padre, sino también con los elementos estresantes ligados a la situación de inmigración y la existencia de creencias educativas que justificaban la violencia. De esta manera, la pequeña fue acogida temporalmente en la familia de una hermana del padre, comenzando a su vez un trabajo terapéutico con la familia". 

Para garantizar la protección de los menores, es necesario coordinarse con las autoridades administrativas y judiciales responsables de la protección; esto permite además mantener la crisis y dar el tiempo necesario para el establecimiento de cambios positivos en la familia. El marco judicial permite además un debate contradictorio entre las diferentes partes implicadas, asegurando el derecho a la defensa así como las posibilidades de rehabilitación para el adulto abusado (Wusttelfd P.A., 1992).

4. La Protección de los/as niños/as

Ya se trate de una familia en crisis o de una familia crónicamente perturbada, los/as profesionales tienen como tarea fundamental valorar los riesgos que corren los/as niños/as y tomar las medidas necesarias para protegerlos; haciendo esto protegen también al conjunto de los miembros de la familia. Desde el momento en que los/as profesionales estamos al tanto de una situación de maltrato, somos también responsables de la vida del niño, de su protección y de la preservación de su desarrollo. Por lo tanto, la tarea de protección del menor es la punta de lanza de la Intervención Social Terapéutica. Esto se puede llevar a cabo de diferentes maneras. En su elección hay que considerar aquella que cause el menor daño posible al niño y que facilite el trabajo con los padres. Dicha modalidad se ha utilizado fundamentalmente en los casos de familias que provocaron maltrato en situaciones de crisis y por lo tanto se encuentran motivadas y movilizadas para colaborar con la acción terapéutica. La separación provisional del niño lo aleja temporalmente de su medio familiar maltratador, asegurándole cuidados sustitutivos de calidad, y dando a su vez el tiempo necesario para evaluar las posibilidades de la familia y del pronóstico en relación a un trabajo terapéutico a largo plazo.

La institución de acogida pasa así a ser parte del tejido social terapéutico. Por lo tanto, los educadores y los diferentes miembros de la institución son incorporados a la red como recursos terapéuticos importantes. En otros casos se tratará de acoger a la madre y a veces al padre con el o los/as niños/as en un hogar familiar. Esta medida puede ser muy útil sobre todo en el momento de la crisis provocada por el señalamiento. 

La separación a largo plazo del niño puede ser una medida necesaria en situaciones de alto riesgo, que por su cronicidad y su amplitud crean un peligro para su vida y su desarrollo. Se trata aquí de situaciones de maltrato físico, negligencia y/o de abuso sexual que se producen en familias terriblemente deficientes y refractarias a la ayuda terapéutica. En este caso, la víctima se beneficia de un medio de acogida alternativo a la familia. Pero de todas formas hay que prevenir con todos los medios posibles la ruptura de vínculos entre el niño y su núcleo familiar.

En nuestro programa, hemos tratado de facilitar la creación y mantenimiento de vínculos entre la familia y el medio de acogida del niño, a través del proceso de tribalización, considerando a los miembros del medio institucional como una "familia ampliada adoptiva". Otra medida para la protección de los menores es el alejamiento del padre o de la madre abusador sobre todo en los casos de incesto. Esta exigencia protege a la víctima de eventuales recidivas, creando una distancia entre ella y su abusador que va a facilitar por analogía la experiencia de la diferenciación. Esta medida es muy importante puesto que evita la situación paradójica en la cual muy a menudo las víctimas deben ser internadas, es decir, son ellas las que tengan que salir de su medio familiar y vivir la experiencia de desarraigo. A la vez, dicha medida se convierte en un agente de crisis y al mismo tiempo en una apertura hacia el cambio permitiendo al mismo tiempo que cada subsistema en el seno de la familia tenga la posibilidad de vivir experiencias alternativas, especialmente en lo que se refiere a un acercamiento del padre no abusador con sus hijos.

B. El trabajo terapéutico con la familia

Corresponde al proceso consecutivo de la Intervención Social Terapéutica. Como ya se ha señalado, los padres de familias crónicamente maltratadoras tienen poca conciencia de ser maltratadores; para ellos, con frecuencia se trata de la única forma de relación con sus hijos que han conocido. A menudo estos padres tratan a sus hijos de la misma manera en la que ellos fueron tratados, por lo tanto, la protección del niño y el control de las situaciones de maltrato no son suficientes para potenciar un cambio y lograr que integren otras formas de comunicación que excluyan los actos violentos; hay que hacer todo lo necesario, entonces, para ofrecerles una ayuda que les permita conocer modos de relación y de comunicación en los cuales todos los miembros de la familia sean respetados. 

El desafío del enfoque psicoterapéutico es facilitar este cambio usando todas las posibilidades de diálogo con estos padres. Una vez que la unidad de intervención social ha terminado su trabajo de validación, que el niño está protegido y la familia ha sido movilizada para el trabajo terapéutico, los miembros de esta unidad, en un ritual de derivación hacia el equipo terapéutico, presentan a los futuros terapeutas, en presencia de la familia, los elementos más importantes que los llevaron a intervenir. De esta manera, se co-construye un marco de trabajo psicoterapéutico que deberá permitir la confidencialidad del contenido de las sesiones a realizar, y al mismo tiempo mantener un control sobre el compromiso de la familia en este proceso. En esta reunión de derivación, los terapeutas deben asegurar a la familia que no saldrá del marco terapéutico ninguna información sobre el contenido de las sesiones, y que solamente los miembros de la unidad de intervención social así como las autoridades competentes sabrán si la familia continúa o no el trabajo terapéutico y si existe el riesgo de recaída. En los casos de terapia coactiva, bajo coacción judicial y/o administrativa, se precisa que los terapeutas no tendrán ningún contacto directo con esta instancia, siendo la unidad de intervención social la que mantendrá el contacto permanente con ellos. 

Nuestro modelo terapéutico se basa, entre otros, en el concepto de "parcialidad multidireccional" introducido por Borzomengi-Nagy (1980). En este enfoque se trata siempre de transmitir al conjunto de la familia lo que llamaremos los “dobles mensajes terapéuticos”, compuestos por los mensajes siguientes:

“No podemos aceptar lo que los adultos han hecho a los/as niños/as, pero estamos seguros de que si hubieran podido evitarlo no lo hubieran hecho. Por lo tanto, esto debe tener una explicación; vamos a trabajar juntos para tratar de encontrarla. Vamos a encontrar en la historia de cada uno de los elementos que podrían ayudarnos a comprender lo que pasó. Comprender no quiere decir borrar lo que pasó y justificar el daño que Uds. provocaron a sus hijos, pero esto es sobre todo una posibilidad de liberarse del peso del pasado para poder decidir libremente cambiar. Nuestra experiencia con otras familias nos ha enseñado que a menudo los padres que no han podido amar correctamente a sus hijos no han sido ellos mismos amados. "No se puede dar lo que no se ha recibido". Si esto corresponde a su caso, pensamos que ustedes han sido víctimas de una doble injusticia, primero en tanto niños y en seguida en tanto adultos. Durante toda vuestra infancia , seguramente recibieron el mensaje de que eran malos y ahora están acusados de ser malos padres. Para salir de este círculo infernal de injusticia, vamos a tratar de ayudarles”.

La terapia junto con la familia nos parece una dinámica social que debe dar a cada uno la ocasión de dialogar consigo mismo y con los otros miembros de la familia, directamente cuando se trata de miembros que fueron significativos en el pasado. A través de las sesiones familiares o a través de las sesiones individuales, de pareja o de las sesiones con los/as niños/as, cada uno va asumiendo su responsabilidad en la producción del drama, buscando individual y colectivamente nuevas alternativas relacionales para reemplazar los modelos antiguos de abuso y de violencia Se trata de facilitar la emergencia de nuevos modos de comportamiento, de vincularse y amarse sin violencia dentro de la familia. A medida que las sesiones transcurren, los terapeutas y los diferentes miembros de la familia conversan sobre temas como la agresividad, la violencia, el sexo, los cuidados adecuados para los/as niños/as, los duelos, la ternura, el amor, el cuerpo, la justicia y la injusticia, el odio, la corrupción, así como las posibilidades de cambio y de exoneración de los agresores en la búsqueda de una reconciliación de la familia.

Nuestra acción terapéutica está destinada a facilitar la confrontación de la familia con el reconocimiento de sus recursos y sus responsabilidades, y si esto es posible, facilitar entonces una reconciliación general a través de lo que nosotros llamamos el trabajo de "exoneración simbólica de los maltratadores". Potenciar los recursos de la familia manteniendo una posición justa, permaneciendo atentos a la situación de cada uno y considerando las relaciones de poder, permite ayudar a los individuos así como al conjunto de la familia a transformar las dinámicas abusivas en dinámicas altruistas, recobrando de esta manera lo que llamamos "la biología del amor" tal como ha sido desarrollado por autores como Maturana y otros (Maturana, H.,1991).

El desafío fundamental con la familia maltratadora es lo que hemos llamado la “humanización del sistema familiar”, que consiste en promover un cambio destinado a recuperar su finalidad en tanto sistema viviente y de crecimiento.
Los terapeutas utilizan las técnicas más adecuadas y trabajan con los subsistemas más indicados. Cualquiera que sea la técnica de intervención terapéutica utilizada, el modelo o la escuela escogida, la terapia consiste en dar a cada miembro de la familia "la posibilidad de conversar" sobre sus sufrimientos, ayudarles a enfrentar su dolor y descubrir sus potencialidades para poder cambiar. En el caso de los padres maltratadores, los terapeutas les ofrecerán el espacio y tiempo necesarios para desenredar el hilo de sus historias transgeneracionales, ayudándoles a tomar conciencia de sus propios sufrimientos en tanto antiguos niños maltratados, abusados y/o descuidados. Los terapeutas crean así espacios sociales que favorecen la emergencia de la palabra, allí donde el pasaje al acto maltratador, ya sea físico, sexual o negligente, reemplazaba de una forma patológica abusiva los intercambios entre los miembros de la familia. Este redescubrir de la palabra como mediador de relación deberá permitir la emergencia de dinámicas familiares en donde la agresividad, la sexualidad y los cuidados hacia los menores adquirirán una forma ritualizada que respeta los derechos e intereses de todos los miembros de la familia, tomando en cuenta todas sus necesidades y capacidades en del sistema. Todo este trabajo exige por parte de los terapeutas un compromiso a largo plazo con las familias, una formación adecuada y una supervisión permanente.

El trabajo terapéutico será diferente según la posición y la participación de cada miembro de la familia en el drama maltratador o abusivo. Así, se trata de facilitar un trabajo terapéutico individual sistémico, es decir, que cada miembro de la familia individualmente o por grupos de pares reciba los cuidados necesarios para elaborar su drama particular y singular. De esta manera, el trabajo terapéutico con el padre maltratador no será nunca el mismo que con la víctima, con el padre no protector o con el resto de los hermanos. Es también fundamental la movilización de los recursos presentes en el entorno de la familia para aportar informaciones y ayudas concretas a los padres, así como cuidados complementarios a los/as niños/as a través de su incorporación en una guardería, proporcionando las ayudas económicas indispensables para dar un mínimo de recursos materiales a la familia, o incorporando a los padres a asociaciones de padres para romper su aislamiento. 

En lo que se refiere a la problemática del padre maltratador o abusador, hemos introducido la noción de "exoneración" en lugar de hablar de perdón, para marcar la idea que la exoneración es un derecho que la víctima puede ejercer si su abusador o su padre o madre maltratadora o negligente reconoce sus errores y acepta la responsabilidad de los gestos y el daño que ha podido ocasionar. En este sentido, la mayoría de los/as profesionales que trabajan en este programa han tomado una posición muy clara en contra de toda impunidad de los agresores y de lo que es la “ideología del perdón”. Por lo tanto, el proceso terapéutico que acompaña a las víctimas de maltrato debe también facilitar la expresión creativa de la rabia. Expresar la cólera por el daño sufrido no implica denigrar a la persona del padre o la madre que cometió tal acto, significa hacerse justicia a sí mismo por el sufrimiento provocado por éste. Lo mismo es válido en la expresión de cólera en relación al padre que no fue capaz de proteger al niño.

La víctima tiene también el derecho de denunciar y expresar su rabia hacia los otros miembros de la familia, que no fueron capaces de darse cuenta de su sufrimiento. Esto también es válido cuando los sistemas judiciales, ya sea por falta de pruebas o por vicios en el procedimiento, no está en condiciones de nombrar claramente al agresor dejándolo, entonces, en la impunidad absoluta. La terapia tiene también que ayudar a la víctima a superar su odio y su deseo de venganza porque esto mantiene también un vínculo destructivo con los abusadores. Se trata de ayudar a la víctima a que supere estos sentimientos para hacer emerger en ella un sentimiento de exoneración ayudándola así a recuperar su libertad en relación a su agresor. Nunca hay que olvidar que aquí se trata de agresores que pertenecen al cuerpo familiar de las víctimas; por lo tanto, uno de los objetivos fundamentales es ayudar a la víctima a salir de la creencia de que es culpable de los malos tratos sufridos, para que se reconozca como víctima. Aunque parezca extraño ayudar a una víctima a reconocerse como tal, es uno de los ejes fundamentales del trabajo terapéutico con niños maltratados, puesto que lo que caracteriza a los procesos maltratadores no son solamente los comportamientos que hacen sufrir a los/as niños/as, sino además el que ellos tengan obligatoriamente que integrar el discurso de los padres abusadores, es decir, que son merecedores de lo que les pasa. 

La siguiente etapa es ayudar a las víctimas a ser lo que nosotros llamamos “superviviente de la situación maltratadora”, es decir, en combate permanente para superar las secuelas provocadas por el proceso de victimización. Por ejemplo, se les ayudará a mejorar su rendimiento escolar, a tener mejores relaciones de confianza con los adultos o a aprender a vivir y comportarse como niños; esto es lo que abre las posibilidades para que los supervivientes del maltrato infantil se transformen en lo que nosotros llamamos “vivientes”, es decir, personas que aunque vivieron el sufrimiento profundo de haber estado encerrados en estos dramas familiares, son capaces de vivir sanamente dándole un sentido al sufrimiento, a través de comportamientos altruistas y de protección de sí mismos y de otras personas que sufrieron como ellos.

Una de las experiencias personales que ha marcado profundamente mi historia y que me permitió comprender el valor liberador de la idea de exoneración, es lo que viví en uno de los viajes a mi país de origen, cuando casualmente me vi cara a cara en una calle con el hombre que fue responsable de la unidad militar que nos había torturado. Habían pasado veinte años de aquella experiencia y la visión delante de mí provocó, por una parte, una intensa rabia, producto del recuerdo de mi sufrimiento y del de otros compañeros, pero al mismo tiempo tuve un sentimiento de compasión al constatar que ese individuo era ahora un pobre anciano y que seguramente cargaba en su conciencia el sufrimiento y la muerte de otros seres humanos. En ese momento, creo haber logrado la "exoneración" de mi torturador; esto no implica que le perdone, porque no podré nunca olvidar mi sufrimiento ni los sufrimientos de mi familia y el de mis amigos. Pero de alguna manera en este gesto compasivo pude liberarme de lo que me quedaba de relación con mis antiguos torturadores. Esto, en la medida que pude reconocerme como víctima dejando a mis torturadores ahí donde debían quedarse, es decir, en el pasado. Por lo tanto, ayudar a una víctima de violencia a exonerar a su agresor quiere decir ayudarle a tomar distancia a fin de que éstos pierdan su significado en el proyecto existencial de la víctima. Pero para ello es necesario que la víctima se reconozca como tal, teniendo acceso a la información que le permita dar un sentido a los comportamientos de su agresor, sobre todo cuando ha sido su padre o su madre.

El reconocimiento de la responsabilidad del padre o madre como maltratador, es un factor que favorece la recuperación de las víctimas y es un signo importante de rehabilitación de los agresores.

Junto con el trabajo terapéutico dirigido a los diferentes miembros de la familia implicados en el drama maltratador, es importante lo que hemos llamado los “procesos terapéuticos institucionales”. Estos procesos pueden considerarse de dos maneras: Primero, como una necesidad de que los sistemas institucionales que trabajan con niños maltratados sean constantemente ayudados para descontaminarlos de la tensión, el estrés y la agresividad que se transmite desde los sistemas familiares maltratadores hacia ellos. De aquí la necesidad de establecer programas que permitan reuniones de trabajo, en las cuales los trabajadores institucionales tengan la posibilidad de expresar lo que viven, enriqueciéndose de las experiencias de sus colegas y desarrollando actividades de autoformación; las dinámicas de intervención y de supervisión son un recurso fundamental para mantener estas terapias institucionales. Segundo, como procesos que utilicen los espacios institucionales para ofrecer ayuda terapéutica a los/as niños/as y a las familias. Se trata que cada espacio institucional donde el niño es acogido se transforme en un recurso terapéutico para él, en el sentido de una comunidad terapéutica que le permita elaborar el contenido de sus sufrimientos así como de ofrecer modelos alternativos a sus padres.


Algunos aspectos específicos de la terapia en las consecuencias de los abusos sexuales

La intervención terapéutica en los casos de abuso sexual intrafamiliar comienza cuando el niño o la niña, al divulgar su secreto a otro niño o a un adulto exterior a la familia se siente escuchado, apoyado y creído en lo que cuenta. Desgraciadamente, existen todavía muchos adultos incapaces de creer lo que los/as niños/as cuentan. En los casos de incesto esta actitud es aún más nefasta, en la medida en que una vez que la víctima ha decidido hablar, si siente que no existe apoyo de la persona a quien dirige su mensaje, es muy probable que no se atreva nunca a hablar por segunda vez. Numerosas experiencias han demostrado que los/as niños/as raramente mienten o fabulan en los casos de abuso sexual intrafamiliar La minoría que lo hace, es empujada por presiones de otros adultos y/o para denunciar otro tipo de problemas existentes en la familia. Escuchar y creer lo que los/as niños/as dicen es la única alternativa posible para poder ofrecer una ayuda al niño o niña abusado sexualmente y a los miembros de su familia.

Fases del proceso de intervención:

Nuestros equipos intervienen en el proceso de una familia abusiva a partir del momento en que alguien, un adulto u otro niño, a menudo externo a la familia y confidente de la víctima, nos contacta para solicitar nuestra intervención. A continuación, describiremos las etapas de este proceso:

Fase de manejo de la divulgación: 

Nuestro modelo de intervención comienza reconociendo el coraje y la creatividad del confidente que puede ser una compañera (o) de la familia, el médico de la familia, profesor, enfermera escolar, vecino, sacerdote, etc., creyendo en lo que el niño o la niña ha divulgado y tomando partido por él o ella, de esta manera, esta persona es considerada como un recurso en manejo de la divulgación,. En presencia de esta persona entramos en contacto con la víctima y procedemos a la anamnesis que nos permite comenzar a comprender el funcionamiento de la familia abusiva a través de lo que la víctima nos dice. Nuestro programa ofrece inmediatamente al niño un alojamiento provisional fuera de su familia, que permite protegerle y al mismo tiempo mantenerle a distancia de las reacciones que su divulgación provocará en el abusador y en el conjunto de su familia. Nuestra experiencia, como la de otros equipos que trabajan en problemas similares en Canadá y Estados Unidos, nos ha enseñado la importancia de proteger a la víctima de todas la maniobras represivas que van a ser utilizadas por la familia, especialmente por el abusador, para anular el impacto de la divulgación. Algunos casos que terminaron con consecuencias desastrosas para la víctima nos ayudan a mantener actualmente esta posición de una manera firme e irrevocable. Basta un contacto mínimo entre la víctima y el abusador, por ejemplo, una mirada o una palabra de éste, para que la víctima comience a dudar y a retractarse de lo que ha dicho.

Fase de la crisis familiar: como ya hemos señalado, las posibilidades terapéuticas de una familia abusiva comienzan y deben mantenerse a través del desarrollo de una situación de crisis que le impida reestructurarse alrededor de la descalificación de la víctima o de la minimización o negación de los hechos abusivos. La crisis familiar es desencadenada lo más rápidamente posible, a menudo casi al mismo tiempo que la divulgación. Los equipos de intervención en crisis convocan al padre no abusador para comunicarle los resultados de la validación. La reacción de este padre a los hechos denunciados nos informa del grado de implicación de éste en los procesos abusivos así como sus posibilidades para ser considerado como una fuente de ayuda para la víctima. Si el abusador es el padre y la madre se muestra ambivalente y/o manifiesta comportamientos o propósitos que nos hagan pensar en cierto grado de complicidad con el abusador, se tomarán medidas de protección para la víctima, sin tener en cuenta a la madre como ayuda para ella, por lo menos a corto plazo. Enseguida, se convoca al abusador poniéndole al tanto de los resultados de la validación. Su reacción al contenido de ésta, los elementos de su historia personal y las informaciones recogidas por los/as profesionales sobre su estructura de personalidad, jugarán un rol fundamental en la organización del programa terapéutico destinado a ayudarle a él y a su familia. El manejo de la crisis familiar se mantiene a través del alejamiento del abusador del domicilio familiar, señalando la situación al sistema judicial.

En Bélgica, a través de la Ley de la Protección de la Juventud, existen condiciones para obtener del marco judicial una restauración de la Ley dentro de estas familias, sin que existan necesariamente medidas punitivas contra los padres. Pero si el poder judicial considera necesario condenar a los padres abusadores en el marco de esta misma Ley, es posible continuar el trabajo terapéutico con las familias facilitando la rehabilitación del padre abusador. Esto explica que en ocasiones, para provocar y mantener la crisis, utilicemos los instrumentos que esta Ley ofrece para asegurar el derecho y el bienestar de los/as niños/as a través de un trabajo concertado con los Tribunales de Menores y/o con las instancias sociales de protección infantil.

El trabajo de terapia familiar a través de la diferenciación, reparación y exoneración.

El drama de los personajes implicados en la tragedia del incesto radica en que el “libreto” que interpretan, los perpetua en una elección limitada de comportamientos, bloqueados en un marco abusivo mientras no sobrevenga la crisis que cuestiona al personaje, y que provoque una apertura y una recuperación de la condición humana de cada implicado. La familia abusadora, en tanto sistema determinado por su estructura, estaba reducida antes de la crisis, a interacciones abusivas donde una de sus manifestaciones fue el abuso sexual. Esta situación impedía un verdadero encuentro de diálogo y de respeto entre sus miembros. Nuestro desafío como seres humanos portadores de un rol terapéutico, es contribuir a crear las condiciones para que exista un verdadero diálogo interpersonal. Sin entrar en descripciones detalladas de nuestra metodología de trabajo terapéutico, haremos mención de su ejes principales:

El trabajo de diferenciación: en la primera fase de la terapia con la familia, dialogamos en sesiones individuales con las personas implicadas en el proceso abusivo por separado: el abusador, la madre, los hermanos, etc. Esto puede hacerse en sesiones individuales o en sesiones de grupo, es decir, grupos con otros abusadores, con otras víctimas, con otras madres. El objetivo de esta primera parte del proceso terapéutico familiar es facilitar la reflexión de cada uno sobre el lugar singular que ocupó en la situación abusiva, su responsabilidad, los perjuicios, y las consecuencias positivas y negativas de sus actos a lo largo del proceso de abuso y después de su divulgación. Este modo de trabajar permite la apertura hacia un proceso de diferenciación y recuperación de la libertad y la creatividad de cada uno, a través de este proceso de asumir la responsabilidad del rol jugado en la dinámica abusiva, tomando además conciencia de los determinantes históricos, sociales y culturales que le influenciaron. Ayudar a cada miembro de la familia a aceptar su co-responsabilidad en la protección del incesto así como a liberarse de determinantes del pasado, es ayudarles a recuperar sus libertades y su creatividad.

El trabajo de reparación y exoneración: La segunda parte del proceso de terapia familiar consiste en facilitar el diálogo entre los diferentes miembros de la familia en torno a conversaciones que posibiliten, en primer lugar, cambiar la dinámica creada por la ley del silencio y los secretos, inmediatamente después, facilitar el diálogo y los comportamientos simbólicos destinados a la reparación de la víctima y la exoneración de los adultos (el abusador directo y/o el padre no protector), y finalmente si es posible, una renegociación de la relación conyugal y de las interacciones parentales, a fin de asegurar un buen funcionamiento familiar en el que los derechos y el bienestar de cada miembro sean respectados.

A través de nuestra metodología terapéutica hemos obtenido resultados alentadores cuando hemos podido manejar con firmeza y respeto las diferentes etapas descritas. Nuestra práctica nos ha enseñado a distinguir los casos de familias que al principio no estaban dispuestas a la intervención terapéutica, pero que a medida que fueron enfrentadas a esta metodología terminaron aceptándola y participando en el proceso terapéutico. Existen otros tipos de familias en las que, a pesar de las posibilidades terapéuticas ofrecidas por nuestro programa, los adultos abusadores siguieron optando por un funcionamiento rígido y totalitario; en estos casos, la negación absoluta de los hechos por parte del abusador y la complicidad de la esposa y de otros adultos del entorno inmediato, muchas veces pertenecientes a clases sociales favorecidas, nos ha obligado a optar por un enfoque centrado en el sufrimiento de la víctima, ya sea a través de sesiones individuales o en grupo con otras víctimas, igualmente basado en una metodología ecosistémica.

A lo largo de este texto hemos querido compartir nuestros modelos de la terapia y la prevención del maltrato infantil. Mi finalidad no ha sido sólo transmitir una experiencia desarrollada en el marco de una sociedad particular como es la sociedad belga, sino sobre todo asociarme de una manera simbólica con las reflexiones y combates de quienes continúan defendiendo los derechos humanos, particularmente, los derechos de los/as niños/as en cualquier lugar del mundo. En nuestro caso, los fundamentos éticos que animan nuestra práctica es que nadie tiene el derecho de abusar de otro ser humano, sean cuales sean sus razones, experiencias o contextos; por lo tanto, la tarea esencial de todo ser humano, particularmente de todo terapeuta, es hacer todo lo posible para comprometerse en la defensa de la vida. Por otra parte, nuestras reflexiones epistemológicas se basan en la idea de que la felicidad y el bienestar del niño no es nunca el efecto de la causalidad de la mala o buena suerte; muy al contrario, es una producción humana nunca puramente individual, ni siquiera únicamente familiar, sino el resultado del esfuerzo de la sociedad en su conjunto. La protección y la defensa de los derechos del niño constituye por consiguiente la tarea de todos los que se reconocen como seres humanos. En lo que se refiere a la asistencia a los/as niños/as víctimas de maltrato infantil y abuso sexual, el desafío es facilitar dinámicas sociales participativas en las que cada cual, conforme a su nivel y competencia, pueda crear con los/as niños/as y sus familias condiciones y respuestas para prevenir y tratar las agresiones y abusos sexuales. Si no encontramos esta respuesta, existe el riesgo de que millones de niños continúen atrapados en estas realidades de violencia y reaccionen a ellas mediante comportamientos disfuncionales y destructivos. Ha llegado la hora de que nuestras sociedades acepten que detrás de cada niño adolescente delincuente, toxicómano, enfermo psiquiátrico, prostituido, etc., hay una historia social de poder y violencia. Aceptar esta realidad podría conducirnos hacia nuevas y más amplias posibilidades de prevención de fenómenos tan trágicos como la existencia de niños obligados a sobrevivir y a encontrar un sentido a su vida autodestruyéndose.

 

Jorge Barudy Labrín. Neuropsiquiatra y terapeuta familiar. Director y Fundador de la Asociación EXIL.

 


BIBLIOGRAFÍA

Barudy, J., El dolor invisible de la infancia: una lectura ecosistémica , Ed. Paidos, Barcelona, 1998.

Barudy, J., "Maltrato infantil: ecología social: prevención y reparación." Ed. Galdoc. Chile, 1999.
Maturana, H., El sentido de lo humano, Santiago de Chile, Dolmen, 1991.

Maturana, H., Varela, G., El árbol del conocimiento,Santiago de Chile, Edit. Universitaria, 1984.

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